08/08/2011
Sobre "paisito"
" Gracias por tu "paisito" donde optás por lo límpido, lo sencillo y profundo, eso que, como el agua "no puede parar"; me gustó la brevedad tipo haiku como: el barrilete, la lluvia, desbordes, Elongando, Cabecita pelada, pescadores de monedas, Rubita, Juancito (¿Laguna, de berni?, me lo recordó), Amsterdam, hayku, entre otros.
Barrilete resume, a mi ver, la parábola de la vida y el tiempo, que cuenta, por ejemplo, "El viejo y el mar".
Jorge Boccanera
jueves, 12 de julio de 2012
MUJERES SINGULARES: Cristina Briante
por Sandra Califano
“Mi Paisito es un juego circular
de dolores y alegrías”
Plateó nuestros cuerpos
el campo, la casa
jugamos a ser chicos
escondidos en el follaje
evitamos los rayos
indiscretos
caminamos pastos de plata
cegados en espera
de su cosecha
invocamos a la luna
en un abrazo infinito,
piadosa
dejó sentir logradas,
nuestras urgencias
Qué mejor queLa Luna redonda una poesía de Paisito, su último libro, la presente.
Invoco su magia para dejar caer sólo algunos datos sobre Cristina Briante.
Nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, es madre y abuela, fue
docente, y una mujer que desde el tango, el teatro y la literatura se fue
plantando en el terreno del arte.
La cautiva el sabor de la manzana y la canela juntas. Si tuviera que guardar un recuerdo, elige para llevarse un verano en Sierra dela Ventana cuando tenía 18
años. Entre los anhelos pendientes, se ilusiona con enamorarse de un hombre
posible.
Hoy, Cristina amasa poesías y sueños siempre nuevos. Sus sueños la llevaron a publicar Paisito en2010, a integrar la
antología Sin fronteras editada
por la
Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, México en 2011, a ser semifinalista
del concurso “Reunión de Voces”, que se hizo en Buenos Aires en ese mismo año,
y a tener entre manos un libro de poesía para chicos.
¿Cómo se fue dando tu acercamiento a la poesía?
En la escuela primaria tenía contenidos de poesía y sus géneros. Casi siempre, los libros de lectura tenían con una parte dedicada a la poesía. Tuve que memorizar autores como Lugones, Mistral, Becker, Storni, Rojas. Güiraldes, Hernández, Blomberg, y Macedonio Fernández. En casa, mi mamá sabía y recitaba poesías casi como jugando. Lo mismo pasaba con las letras de los tangos.
Hice el secundario en la escuela parroquial Nuestra Señora De Fátima, de Del Viso. Como era una escuela en formación, la mayoría de los profesores eran muy jóvenes y cursaban los últimos años de sus carreras de grado. Tal vez por casualidad, se dio que los profesores de castellano, literatura, historia y filosofía tenían una fuerte inclinación por la poesía.
¿Cuáles fueron los autores que te motivaron?
Con mis amigas leíamos Sor Juana, Lorca, Machado, Alberti, Neruda, Martí, Salinas, Hölderling, Michaux. Por mi hermano llegué a Tejada Gómez, Girondo, Borges, Neruda, José Castilla, Viel Temperley y a Gelman.
¿Qué recuerdos de la infancia te acompañan en este camino?
Mi vida en el pueblo, las siestas en la quinta de mis tíos, jugando con mi hermano Miguel y mi primo. El cementerio de los pájaros y los sapos que encontrábamos muertos y a los que les hacíamos sepulturas con piedritas y ramas. Los ligustros cortados en forma de animales…
También recuerdo la separación de mis padres cuando tenía ocho años, la venida a Buenos Aires y el ingreso a un colegio de monjas, pupila. La soledad y la figura de una madre, siempre muy valiente y creativa.
Un dato curioso es que después que murió mi papá encontramos muchos textos poéticos de su autoría.
¿Cómo te afectó la figura de Miguel en tu proceso?
Fundamentalmente en la selección de la lectura. Yo no compartí su mundo para nada. Sólo fuimos juntos a algunas presentaciones o conciertos. Miguel era muy cuida y nunca me integró a sus salidas. Solía pasar por las redacciones y allí conocí a sus amigos y a algunos compañeros como Juan Gelman, Aguya, o Pichón Rivière.
Lo visitaba todos los miércoles cuando era Director del Centro Cultural Recoleta y tomábamos un café para hablar de la familia.
Miguel era un crítico implacable, durante años escribí sin compartir mis textos. Tenía la certeza que el lugar de la escritura en la familia le pertenecía. Tomé atajos diferentes. El no supo de mis poesías. Como marca me quedó el ser hipercrítica con mi escritura y el respeto por los textos.
Cuando el murió yo tenía material como para un libro y no me animaba a publicarlo. Hilda Cañeque, que lo había leído, me alentó a publicarlo. Yo trabajé durante años el tema de mi apellido ya que me parecía que publicar después de su muerte podía ser visto como un oportunismo. Tardé quince años en tomar la decisión y después de ganar varios concursos me sentí habilitada.
¿Cuál es el aporte de la poesía a los tiempos que vivimos?
Para mi la poesía es un camino de ruptura, de molestia, de inquietud. Es una manera
bella de conectarse aún con lo siniestro. Es un puente de ida y vuelta entre el goce y el dolor.
¿Cómo nació Paisito?
Como anticipé, Paisito fue de parto largo. El nombre me lo dio mi nieta Renata, nacida en Mallorca. Alguien le preguntó por su acento y ella dijo “…y vivo en otro paisito”
Mi paisito puede ser mi país, mi pueblo, el lugar de cada uno. Es un juego circular, de dolores y alegría, de muertes y nacimientos, de amores y desamores. De la vida a panza abierta.
¿En qué proyectos estás trabajando?
Tengo en corrección un libro de poesías para niños y otro para adultos. Terminé la obra de teatro “Me falta un nombre”, sobre el tema de la identidad en coautoría con Mario Cóccaro y estoy trabajando en cuentos y micro relatos.
Plateó nuestros cuerpos
el campo, la casa
jugamos a ser chicos
escondidos en el follaje
evitamos los rayos
indiscretos
caminamos pastos de plata
cegados en espera
de su cosecha
invocamos a la luna
en un abrazo infinito,
piadosa
dejó sentir logradas,
nuestras urgencias
Qué mejor que
La cautiva el sabor de la manzana y la canela juntas. Si tuviera que guardar un recuerdo, elige para llevarse un verano en Sierra de
Hoy, Cristina amasa poesías y sueños siempre nuevos. Sus sueños la llevaron a publicar Paisito en
¿Cómo se fue dando tu acercamiento a la poesía?
En la escuela primaria tenía contenidos de poesía y sus géneros. Casi siempre, los libros de lectura tenían con una parte dedicada a la poesía. Tuve que memorizar autores como Lugones, Mistral, Becker, Storni, Rojas. Güiraldes, Hernández, Blomberg, y Macedonio Fernández. En casa, mi mamá sabía y recitaba poesías casi como jugando. Lo mismo pasaba con las letras de los tangos.
Hice el secundario en la escuela parroquial Nuestra Señora De Fátima, de Del Viso. Como era una escuela en formación, la mayoría de los profesores eran muy jóvenes y cursaban los últimos años de sus carreras de grado. Tal vez por casualidad, se dio que los profesores de castellano, literatura, historia y filosofía tenían una fuerte inclinación por la poesía.
¿Cuáles fueron los autores que te motivaron?
Con mis amigas leíamos Sor Juana, Lorca, Machado, Alberti, Neruda, Martí, Salinas, Hölderling, Michaux. Por mi hermano llegué a Tejada Gómez, Girondo, Borges, Neruda, José Castilla, Viel Temperley y a Gelman.
¿Qué recuerdos de la infancia te acompañan en este camino?
Mi vida en el pueblo, las siestas en la quinta de mis tíos, jugando con mi hermano Miguel y mi primo. El cementerio de los pájaros y los sapos que encontrábamos muertos y a los que les hacíamos sepulturas con piedritas y ramas. Los ligustros cortados en forma de animales…
También recuerdo la separación de mis padres cuando tenía ocho años, la venida a Buenos Aires y el ingreso a un colegio de monjas, pupila. La soledad y la figura de una madre, siempre muy valiente y creativa.
Un dato curioso es que después que murió mi papá encontramos muchos textos poéticos de su autoría.
¿Cómo te afectó la figura de Miguel en tu proceso?
Fundamentalmente en la selección de la lectura. Yo no compartí su mundo para nada. Sólo fuimos juntos a algunas presentaciones o conciertos. Miguel era muy cuida y nunca me integró a sus salidas. Solía pasar por las redacciones y allí conocí a sus amigos y a algunos compañeros como Juan Gelman, Aguya, o Pichón Rivière.
Lo visitaba todos los miércoles cuando era Director del Centro Cultural Recoleta y tomábamos un café para hablar de la familia.
Miguel era un crítico implacable, durante años escribí sin compartir mis textos. Tenía la certeza que el lugar de la escritura en la familia le pertenecía. Tomé atajos diferentes. El no supo de mis poesías. Como marca me quedó el ser hipercrítica con mi escritura y el respeto por los textos.
Cuando el murió yo tenía material como para un libro y no me animaba a publicarlo. Hilda Cañeque, que lo había leído, me alentó a publicarlo. Yo trabajé durante años el tema de mi apellido ya que me parecía que publicar después de su muerte podía ser visto como un oportunismo. Tardé quince años en tomar la decisión y después de ganar varios concursos me sentí habilitada.
¿Cuál es el aporte de la poesía a los tiempos que vivimos?
Para mi la poesía es un camino de ruptura, de molestia, de inquietud. Es una manera
bella de conectarse aún con lo siniestro. Es un puente de ida y vuelta entre el goce y el dolor.
¿Cómo nació Paisito?
Como anticipé, Paisito fue de parto largo. El nombre me lo dio mi nieta Renata, nacida en Mallorca. Alguien le preguntó por su acento y ella dijo “…y vivo en otro paisito”
Mi paisito puede ser mi país, mi pueblo, el lugar de cada uno. Es un juego circular, de dolores y alegría, de muertes y nacimientos, de amores y desamores. De la vida a panza abierta.
¿En qué proyectos estás trabajando?
Tengo en corrección un libro de poesías para niños y otro para adultos. Terminé la obra de teatro “Me falta un nombre”, sobre el tema de la identidad en coautoría con Mario Cóccaro y estoy trabajando en cuentos y micro relatos.
domingo, 25 de diciembre de 2011
Mujer
desde tus entrañas
sonidos ancestrales
emergen
vestido, lenguaje,
maneras, olores
mutan
parada
eterna maternidad
silenciada, anunciada
sobre tus entrañas
manos en caricias,
en raspar la tierra, hurgar basura,
secar lagrimas, ocultar tristezas
desde tus entrañas
manantial y cuenco,
amorosa,
leona a panza abierta
deuda interna
el bandoneonista
ejecuta música country
aplausos, una moneda,
todo pago
el vendedor grita agendas
sobre el regazo de los
pasajeros
la niña desparrama stikers
en los asientos
miradas esquivas,
todo pago
fin del viaje
abandono la vergüenza
en el andén
ejecuta música country
aplausos, una moneda,
todo pago
el vendedor grita agendas
sobre el regazo de los
pasajeros
la niña desparrama stikers
en los asientos
miradas esquivas,
todo pago
fin del viaje
abandono la vergüenza
en el andén
sábado, 17 de diciembre de 2011
JUNINPAIS 2011 Aontología Ediciones de las Tres Lagunas
GOLAZO
cuento
Como de costumbre, no usé changuito y compré de más al pedo. Apilé las cosas sobre el brazo izquierdo. Con la mirada recorrí la góndola de lácteos.
Allí estaba- redondita, colorada brillante-, imaginé saboreándola picantita, se me hizo agua a la boca. Sin mirar el precio la agregué a la montaña de productos comprados.
- ¡Basta, no gasto un peso más ¡-dije
Llegué agitada a la caja para diez artículos, había poca gente, y me ubiqué última en la cola.
Odio ir al supermercado. Odio ir a comprar. No entiendo a quienes les gusta pasear entre las góndolas. Los sábados a la mañana, anda toda la gente con los carritos, como al volante de una Ferrari. Empujan, aplastan, sin pedir permiso ni disculpas. Los niñitos chillan y los matrimonios se pelean…
Quedé detrás de una rubia perfumada con Carolina Herrera falso. Me di cuenta de ello, cuando afloró mi alergia. Comenzó con picazón en la garganta y falta de aire.- Lo que me faltaba- pensé
La mujer con un celular de última generación hablaba a los gritos con su marido; él buscaba latas de tomates en la otra punta del súper y no encontraba la marca que ella le ordenó traer.
El marido de la rubia tardó en venir. Pobre tipo. Se ligó un -¡sos boludo!- de la
esposa, por atreverse a una marca distinta de la sugerida por la mujer.
A esa altura mi cabeza semejaba un bombo Los iones negativos, me perforaban como agujas. Por radio escuché que - eran como rayos invisibles que se formaban donde se acumula mucho plástico - ¿será verdad? —
Tenía tres personas y la rubia delante de mí. Pensé que el brazo no resistiría la espera.
Parada frente al mostrador, la vaca estampada sobre el papel violeta que cubre un chocolate famoso, me decía--comprame- Yo, solidaria, obedecí. Cuando estiré el brazo derecho para sacarlo del anaquel ¡ mierda!, se cayó lo que sostenía con el izquierdo. Primero el pan, luego el jamón así fue como me agaché varias veces para levantar lo que se deslizaba de mi brazo.
Junté y logré poner todo sobre la cinta sinfín.
La banda negra de goma se movía lenta. La próxima para pagar era yo.
Saludé a la cajera y le entregué la tarjeta de crédito. Adelanté la pierna derecha para avanzar a recibir las bolsas; el pie chocó con algo. Bajé la vista. Allí estaba: redondita, envuelta en celofán colorado brilloso como un rubí gigante, la marca pegada, con forma de cucarda como llevan los toros campeones en las ferias ganaderas.
Nuevamente la sensación en la garganta. La lengua cargada de saliva, recordó el sabor intenso, y su aroma inconfundible penetró en mis fosas nasales.
La cajera me devolvió la tarjeta. Miré alrededor.
Despacio, con la puntera del zapato arrastré la pelotita colorada para adelante, luego le apoyé todo el pie encima, la paré, calculé la distancia. No debía errar el tiro.
Según mi familia tengo una derecha potente.
La colorada estaba justo en el extremo de la caja, lista para saltar, sólo quedaba embocarla en el lugar preciso.
Tomé las bolsas de plástico blanco, repartí el peso para compensar, las retiré de la bandeja, y apoyé dos en el suelo. Simulé agacharme. Suavemente, aproximé la puntera del zapato derecho debajo de la horma colorada. Con sutil envión la empujé dentro de la bolsa donde llevaba el pan. ¡Golazo!
Me incorporé, derecha, mentón arriba salí por la puerta que da sobre avenida Maipú.
El miedo a ser descubierta hizo que mi corazón rebotara en el pecho.
cuento
Como de costumbre, no usé changuito y compré de más al pedo. Apilé las cosas sobre el brazo izquierdo. Con la mirada recorrí la góndola de lácteos.
Allí estaba- redondita, colorada brillante-, imaginé saboreándola picantita, se me hizo agua a la boca. Sin mirar el precio la agregué a la montaña de productos comprados.
- ¡Basta, no gasto un peso más ¡-dije
Llegué agitada a la caja para diez artículos, había poca gente, y me ubiqué última en la cola.
Odio ir al supermercado. Odio ir a comprar. No entiendo a quienes les gusta pasear entre las góndolas. Los sábados a la mañana, anda toda la gente con los carritos, como al volante de una Ferrari. Empujan, aplastan, sin pedir permiso ni disculpas. Los niñitos chillan y los matrimonios se pelean…
Quedé detrás de una rubia perfumada con Carolina Herrera falso. Me di cuenta de ello, cuando afloró mi alergia. Comenzó con picazón en la garganta y falta de aire.- Lo que me faltaba- pensé
La mujer con un celular de última generación hablaba a los gritos con su marido; él buscaba latas de tomates en la otra punta del súper y no encontraba la marca que ella le ordenó traer.
El marido de la rubia tardó en venir. Pobre tipo. Se ligó un -¡sos boludo!- de la
esposa, por atreverse a una marca distinta de la sugerida por la mujer.
A esa altura mi cabeza semejaba un bombo Los iones negativos, me perforaban como agujas. Por radio escuché que - eran como rayos invisibles que se formaban donde se acumula mucho plástico - ¿será verdad? —
Tenía tres personas y la rubia delante de mí. Pensé que el brazo no resistiría la espera.
Parada frente al mostrador, la vaca estampada sobre el papel violeta que cubre un chocolate famoso, me decía--comprame- Yo, solidaria, obedecí. Cuando estiré el brazo derecho para sacarlo del anaquel ¡ mierda!, se cayó lo que sostenía con el izquierdo. Primero el pan, luego el jamón así fue como me agaché varias veces para levantar lo que se deslizaba de mi brazo.
Junté y logré poner todo sobre la cinta sinfín.
La banda negra de goma se movía lenta. La próxima para pagar era yo.
Saludé a la cajera y le entregué la tarjeta de crédito. Adelanté la pierna derecha para avanzar a recibir las bolsas; el pie chocó con algo. Bajé la vista. Allí estaba: redondita, envuelta en celofán colorado brilloso como un rubí gigante, la marca pegada, con forma de cucarda como llevan los toros campeones en las ferias ganaderas.
Nuevamente la sensación en la garganta. La lengua cargada de saliva, recordó el sabor intenso, y su aroma inconfundible penetró en mis fosas nasales.
La cajera me devolvió la tarjeta. Miré alrededor.
Despacio, con la puntera del zapato arrastré la pelotita colorada para adelante, luego le apoyé todo el pie encima, la paré, calculé la distancia. No debía errar el tiro.
Según mi familia tengo una derecha potente.
La colorada estaba justo en el extremo de la caja, lista para saltar, sólo quedaba embocarla en el lugar preciso.
Tomé las bolsas de plástico blanco, repartí el peso para compensar, las retiré de la bandeja, y apoyé dos en el suelo. Simulé agacharme. Suavemente, aproximé la puntera del zapato derecho debajo de la horma colorada. Con sutil envión la empujé dentro de la bolsa donde llevaba el pan. ¡Golazo!
Me incorporé, derecha, mentón arriba salí por la puerta que da sobre avenida Maipú.
El miedo a ser descubierta hizo que mi corazón rebotara en el pecho.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

